domingo 30 de abril 2017 | 09:03

Duarte y la dominicracia

Opinion, * | mié, 25-ene 20:24 Por: Homero Luis Lajara Solá/fuerzadelta3@gmail.com

Patricio. Juan Pablo Duarte, Padre de la Patria

“Si lo malo que dicen de ti es verdad, corrígete; si es mentira, ríete”

-Epicuro-

 

Este 26 de enero celebraremos el 204 aniversario del nacimiento de Juan Pablo Duarte y Díez, un dominicano de ideales puros y coherentes, cuyo pensamiento, principios y valores se proyectan cual la luz de un faro, como fundamento filosófico de la nación dominicana, por lo que aprovecho tan magna celebración para reflexionar, sobre qué hubiera pensado  nuestro Padre de la Patria si ahora estuviese entre nosotros, respecto al actual modelo democrático que tenemos, al que algunos  lo definen peyorativamente como “dominicracia”.

 

Y sabiendo cómo piensa el ciudadano sensato, creo que Duarte nos orientaría diciéndonos que el principal problema que afrontamos es que aquí, muchas veces, las ciencias políticas se aplican sobre una base ficticia, debido a que  los dominicanos fuimos castrados en el primer intento democratizador del profesor Juan Bosch en el año 1963, y aún no hemos tenido la dicha de vivir en una democracia real, sino en  una selectiva,  parcial y segmentada, según los intereses de la clase política del momento.

 

En ese orden de ideas, y al referirme al tema de la autodeterminación del Estado dominicano, observo con ojo duartiano  la valiente sentencia No. 168-13, del honorable Tribunal Constitucional, y los decretos complementarios del Gobierno sobre el Plan de Regularización de Extranjeros, programa en el que se han invertido millones de pesos del Estado dominicano, denostado y sin apoyo alguno del Gobierno haitiano,  por lo que  continúo  dando mi voz de alerta mientras vea nacionales haitianos accediendo de forma irregular a nuestro país  y deambulando libremente por todo el territorio nacional.

 

Evocando  el pensamiento duartiano, si el inmaculado Patricio  pudiera enviar un mensaje en el día de hoy, pondría énfasis en la preservación de la dominicanidad, sin necesidad de que las luchas dialécticas caigan en el campo del deshonor y las ofensas, y mucho menos que se lleven al plano personal.

 

Oteando los caminos del derecho, con el rumbo con que Duarte, ese ser iluminado, trazó la primera Constitución, con la preclara visión de que un país sólo se puede desarrollar sobre una plataforma de normativas legales, donde se respeten las mismas, bajo el catalejo de la institucionalidad,  saco a colación  la primera página del Listín Diario de fecha 17 diciembre,  en el ocaso del año pasado, sobre el fallo del Tribunal Superior Administrativo (TSA), con su sentencia 0416-2016.

 

La mencionada sentencia del TSA ha sacado a la luz  el incumplimiento  de  cuatro leyes y dos decretos que regulan el  transporte de cargas y pasajeros, en violación  flagrante  a todas  las  prácticas antimonopólicas, por lo que,  los jueces del TSA determinaron que con el incumplimiento de esas leyes se afectaban derechos fundamentales al ejercicio de la libre empresa, la libertad de tránsito y libre contratación, en beneficio de un determinado grupo de personas.

 

Ahora, en momentos en que se habla tanto de corrupción pública, apoyo aplicar todo el peso de la ley a los culpables, pero  con mucho cuidado, para no afectar reputaciones honrosas sólo por rumores, cuyo origen muchas veces está plagado de intrigas manipuladas y mentiras aviesas.

 

El mejor homenaje al legado del Patricio sería recordar el episodio de 1844, donde el general Duarte rindió cuentas de manera detallada sobre los gastos incurridos en la misión militar de luchar contra los haitianos  que le  había encomendado la Junta Central Gubernativa, en Sabana Buey, comparándolo  hoy en día con el periplo de la Cámara  de Cuentas de la República, para que se cumpla con la Ley de Declaración Jurada de Bienes por parte de  algunos funcionarios que no la han cumplido, para que en estos casos y otros más se emule el ejemplo del Padre de la Patria.

 

Eso así, porque Duarte, el propulsor de esa fuerza social que inspiró las luchas por la libertad, abogó por una República Dominicana de hombres probos, sinceros y humanos, y sentenció a los traidores, traperos, oportunistas y arrogantes, denominándolos orcopolitas, que significa “ciudadanos del infierno”.

 

Estas citas duartianas,  hoy más que nunca, se hace necesario que sean estudiadas y aplicadas para que sus ideales anclen  en el alma nacional, confundida con tantos malos ejemplos, cuyas circunstancias agravantes son la falta de sanción, una pobre base educativa, escasa educación cívica y la exclusión social.

 

La historia es el espejo del futuro de una nación, por eso, su importancia en el ejercicio del mando y sus dilemas, para después no lamentarse.

 

Solo habría que analizar las razones por las que, al arribar a  su suelo el verdadero y único fundador de la  nacionalidad dominicana, la Junta Central Gubernativa lo nombró General y Comandante militar de Santo Domingo, y no como por méritos le correspondía, Presidente de la República.

 

Más aún, analizar las lecciones históricas de aquel infausto episodio, cuando Santana sustituyó la Junta Central Gubernativa, convirtiéndose en Presidente de facto, y por el temor a que los méritos adquiridos colocaran a Duarte en la posición política y militar que le correspondía, lo declaró “traidor a la Patria” y lo expulsó de la república que él fundó desde sus cimientos.

 

Como consecuencia directa de esta bajeza política, Duarte  vivió una dolorosa odisea como proscrito de su patria, que lo llevó a deambular a la deriva hasta en las selvas venezolanas, añorando siempre volver a la tierra que tanto amó con desinterés y abnegación.

 

Por considerarlo de gran valor histórico, transcribo un párrafo de la carta que le envió el prócer dominicano  Juan Isidro Pérez, al Padre de la Patria, desde Cumaná, Venezuela, en septiembre de 1845, pues lo encuentro propicio para el presente que vivimos, en el que todavía existen unos pocos “ciudadanos” de mentalidad obtusa, que ocupando posiciones “transitorias”  de mando y poder en los gobiernos, por el simple hecho de que otros piensen  diferente a la línea política que intentan imponer desde el poder, cometen la ligereza de calificar este ejercicio de derecho constitucional como “conspiración”, y cito: “Sí, Juan Pablo, la historia dirá que fuiste el mentor de la juventud dominicana contemporánea de la patria, que ‘conspiraste’ a la par con tus padres, por la perfección moral de toda ella; la historia dirá que no le trazaste a tus compatriotas, el ejemplo de la abyección e ignominia”.

 

No fue sino veinte años después, pasando un viacrucis en playas extranjeras, que  el 25 de marzo de 1864, regresó Duarte al país por Monte Cristi, encabezando una expedición con su hermano Vicente Celestino Duarte; su tío Mariano Díez, y el poeta Manuel Rodríguez Objío, siendo recibido por el general Benito Monción, quien lo acompañó a Guayubín.

 

Pero contrario a la lógica, y pese a la iniciativa de Duarte -forjado tanto para escuchar el estrépito de los cañones, como los cantos a la paz--, de querer unirse a las tropas del presidente Salcedo, por los mismos temores de Santana en el pasado, pero de manera diplomática, temiendo a su gran prestigio, lo enviaron a Venezuela -donde viviría-, con el pretexto de solicitar ayuda para liberarnos, en ese entonces bajo el dominio español.

 

Medio año después, se posa otra nube negra en el horizonte de Duarte, cuando el 17 de octubre de 1864, el general Gaspar Polanco derroca al primer presidente de la Restauración, general Pepillo Salcedo, ordenando su fusilamiento el 5 de noviembre de ese  mismo año.

 

Duarte, a la deriva diplomática, al perder las credenciales otorgadas por el gobierno del ya difunto general José Antonio Salcedo, quedó  con el inmenso dolor de no poder regresar al país a seguir contribuyendo a la nueva República que nació -bajo la estructura de su obra-, con el Grito de Capotillo, el 16 de agosto de 1863. El dominicano de gloria más pura murió practicando la virtud de la humildad en Caracas, Venezuela,  el 15 de julio de 1876.

 

Al concluir este ensayo, refuerzo mi creencia firme  de que debemos siempre honrar a Duarte, orientando a las presentes y futuras generaciones para que entiendan que la “dominicracia” no es la democracia que el Padre de la Patria idealizó, razón por la cual debemos tratar de surcar los mares de la institucionalidad, ya golpeada por el oleaje degradante  de la ambición desmedida por el dinero y el poder, para que podamos  vivir en el sendero de la justicia y el camino del bien, en una Patria de hombres verdaderamente libres y felices  que el Patricio soñó.

 

¡Viva Duarte por siempre en el corazón del pueblo y en el palo mayor de la dominicanidad!

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